La grandeza de lo simple.

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Debo confesarlo: soy una persona repleta de manías. Y ellas, tan intrusivas como siempre, permean el espacio digital donde me desenvuelvo.

Mi blog no es la excepción.

Desde que me mudé -por enésima vez- a WordPress he intentado familiarizarme con alguna plantilla que se adaptara a los cambios personales y profesionales que me han acompañado desde principios de año. Opté por un diseño que destacase los proyectos gerenciales que dirijo 24/7. El theme elegido fue Illustratr. Sin embargo, no cubría mis expectativas. La tipografía me parecía muy burda y CADIVI no me dejaba adquirir vía Paypal la opción personalizada (30$).

Pero eso no era lo peor.

Al revisar las estadísticas de WordPress y Google Analytics me percaté del escaso tiempo que los visitantes de mi web le obsequiaban a la página de inicio. La mayoría iba directo al blog, es decir, directo al contenido.

Esta situación me hizo reflexionar sobre la grandeza de lo simple. A veces queremos vestirnos de gala para una ocasión especial. Invertimos tiempo, dinero y esfuerzo en seleccionar el mejor atuendo, los accesorios más elegantes y el labial de ensueño que combine con nuestra personalidad. Pero olvidamos lo más importante: la fiesta, la gente, las ganas de compartir. Así pasa en redes sociales. Así pasó con mi blog. Me concentré tanto en decirle a otros lo que hacía, que se me olvidó mostrarlo con hechos. Elegí los zarcillos, el perfume, el vestido, los tacones, la cartera, el rímel y el labial cereza, pero no socialicé ni bailé. Tampoco reí y mucho menos conocí gente nueva.

Y es, justamente de eso, que respiran las pequeñas cosas.

Los espacios, los momentos.

El blogging.

La vida.

Somos un constante ensayo y error.

Las buenas noticias, en la mayoría de los casos, se dan en voz baja.

- Haruki Murakami

5 errores que he cometido en redes sociales.

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Este juego de la identificación personal resulta inevitable en el mundo mediático donde rige la economía de los nombres propios.

- Del libro “La quinta columna digital”

Todos hemos cometido errores en Internet. Algunos son muy tontos y banales, mientras otros, parecen ser difíciles de olvidar.

Sin embargo, hemos aprendido la lección: no repetir -bajo ningún concepto- las equivocaciones provocadas por nuestra falta de experiencia e ingenuidad (en el mejor de los casos). Es por eso que hoy me he atrevido a enumerar cinco de los peores errores que he cometido en redes sociales. ¿Alguno de ustedes me acompaña en esta vergonzosa confesión?

Aquí va la mía:

1.- Creer que Twitter es mi querido diario: la línea que divide la vida privada de la pública se llama discreción. Y eso va mucho más allá de 140 caracteres y una selfie en Instagram.

Hay que procurar cuidar nuestro espacio íntimo de los 15 minutos de fama Warholianos.

2.- Favear todos los mensajes que me gustan como una loca compulsiva (lo siento, eso aún lo hago).

3.- Responder una acotación absurda: pelear en RRSS es de las acciones más innecesarias para cualquier ser humano. La calle, el ruido, la gente y los carros siempre van a estar esperando por nosotros en la vida real. Las discusiones también.

4.- Olvidar bloquear las cuentas spam (y recibir más de veinte notificaciones innecesarias en el celular).

5.- Hacer catarsis virtual: un post jamás superará a un buen amigo y un café. Hay que tener autocontrol (y vida propia).

No debemos rechazar lo virtual identificándolo con lo falso o engañoso, porque se halla inscrito en los genes de nuestra cultura de la representación. El problema surge cuando lo virtual se convierte en nuestro objetivo y nuestra esperanza, esto es, cuando adoptamos una filosofía virtualista a ultranza, una de las derivaciones del digitalismo tecnohermético, es decir, cuando proclamamos: «deseamos desmaterializar el mundo y creemos que la representación puede ser incluso mejor que la representación misma».

- Cibergolem. La quinta columna digital.

A la orden en @BelkisAraque.

Herramientas y aplicaciones que facilitarán la gestión de marcas en Internet.

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Ilustración de @caffetina

La única moneda en este mundo quebrado es lo que compartes cuando no eres cool. Yo te aconsejo que si quieres ser alguien cercano, sé honrado e inclemente.

Almost Famous

Hace varios días atrás, uno de los CM’s de Barquisimeto Móvil propuso la implementación de una estrategia de contenido para las redes sociales de la compañía: todo el personal debía realizar un listado individual en el que se destacaran las aplicaciones móviles que quisiéramos compartir con los seguidores de la empresa.

Esta iniciativa, junto con la lectura del post de Vilma Nuñez sobre herramientas de marketing online, me hizo reflexionar en torno a las apps que utilizo a diario para trabajar y su inconmensurable poder en el mundo to-do-pa-ra-ayer que vivimos actualmente. Y como una de las grandes lecciones que he aprendido en estos últimos meses se basa en el hecho de compartir el conocimiento adquirido, detallo para todos los que se asoman por aquí algunas de las aplicaciones que pueden ayudarles en la gestión de marcas en Internet.

¿Preparados? ¡Comenzamos!

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Sobre marcas personales y la civilización digital del equívoco.

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Sascha Fitness: una marca personal coherente

Si los arqueólogos del porvenir estudian nuestro comportamiento virtual, encontrarán una civilización del equívoco. Imaginemos que los libros desaparecen y las únicas pruebas de nuestro paso por la Tierra son los mensajes digitales. En ese horizonte sombrío, Wikipedia, Facebook y Twitter tendrían la importancia del Código Hammurabi, la piedra Rosetta y las inscripciones cuneiformes en el palacio de Nabucodonosor II.

Así describe Juan Villoro el futuro de nuestro pasado en el ensayo ¿Quiénes somos en la red?, un texto que invita a la reflexión en torno a la exposición digital de nuestra vida cotidiana a través de las plataformas sociales que, poco a poco, se adueñan de nuestra memoria RAM.

Tal aseveración me hace cuestionar el tratamiento actual de las marcas personales en Internet. En mi país, por ejemplo, tenemos una proliferación de productos homo sapiens que desfilan en las redes gracias a la era fitness, el deporte, la moda y el mercadeo, abriendo la posibilidad de inversión en un nicho cada vez más amplio, saturado y -por qué no- agobiante.

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¿Por qué tener un blog?

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David de Ugarte en “El poder de las redes” (2007) afirma:

La expansión de nuestra autonomía personal respecto a las instituciones establecidas. Ganamos autonomía, por ejemplo, cuando podemos escribir en nuestra propia bitácora y establecer con otros la relación de medio y de fuente, siendo parte de ese periódico mural que hacemos todos por las mañanas con las pestañas de nuestro navegador. Es decir, la Red nos permite actuar socialmente a cierta escala sin tener que contar con la mediación de instituciones externas, nos permite actuar de hecho como «instituciones individuales» y, en ese sentido, ser mucho más libres, tener más opciones.

Para nadie es un secreto que, siete años después, los blogs han retornado a la palestra digital con una fuerza avasallante.

Los grandes periódicos y escritores han puesto la mirada en lo que he denominado lo intangible de lo tangible: una red de personas conectadas en tiempo real desde cualquier lugar del mundo, generando y consumiendo información detrás de sus ordenadores y smartphones.

Desde una jovencita que aspira a ser fashion blogger hasta un emprendedor que lanza al mercado su nuevo producto handmade, las bitácoras han rescatado la nostalgia de las conversaciones que van más allá de 140 caracteres. La inmediatez de las plataformas digitales to-do-pa-ra-ayer se torna fría e impersonal (aunque siempre será tan práctica como los titulares de Twitter) y, justo allí, los espacios virtuales dedicados a mostrar una visión más amplia de su espectro -personal, cotidiano, profesional- cobran valor.

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Darle sentido a la palabra.

Ilustrada por Caffetina.

Ilustrada por @Caffetina.

Darle sentido a la palabra. Buscar el propósito que emerge en nuestro espacio de trabajo.

En eso vengo pensando desde que escuché la magistral ponencia del Profesor Marcelino Bisbal en torno al papel que el periodista ejerce frente al infociudadano; y más allá del status quo de los términos, me permito explorar esos vocablos como recurso, como espejo, como carta de presentación.

Bien lo dijo Wittgenstein (quien es citado frecuentemente por Bisbal):

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Y la palabra -viva, airosa, independiente- forma parte de ese complejo universo. La usamos para comunicarnos a diario, para expresar nuestros puntos de vista, para desahogarnos, e incluso, para enamorar. Pero cuando es utilizada en el contexto profesional, la hacemos a un lado para rehacerla. Coqueteamos con ella hasta tal punto, que creamos una versión lejana a los escenarios planteados hasta este momento.

Acaso, ¿vestir la palabra en el ambiente laboral es una forma de adornar lo que no requiere maquillaje? ¿Somos una falacia de verbos andantes? No lo sé. Lo único que reconozco es la búsqueda del grito propio, de la voz propia condicionada a las reglas del entorno y seguidas al pie de la letra -algunas veces sí, otras no tanto- por la sociedad.

Cuando al fin hayamos encontrado esa voz, el sentido será -tan sólo- una condición inherente.

El lugar común del cambio.

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La palabra cambio es el nuevo lugar común de los que nunca se habían atrevido a moverse, a girar, a cambiar de perspectiva. Quizás por ello había aparecido de forma tan inusual en mi blog.

Hoy me amparo en el grito de mis letras para proclamarme viva, fuerte, atenta al porvenir y sus constantes variaciones.

Soy amable con el cambio. Y, a veces, él también es benévolo conmigo.