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La Venezuela que tenemos.

He tenido mil cosas rondando mi mente en los últimos días. Sacar adelante una empresa en un país tan inestable es una prueba de voluntad, fe e inteligencia emocional. Así que, más concentrada en los problemas que en las bendiciones, extravié mi tarjeta bancaria el día jueves de quincena. Sí, ayer. Y justo ayer había estado en más de cinco lugares -casi- a la vez: oficina, locales de comida, reuniones con clientes, bancos y farmacias.

Al llegar a casa y darme cuenta de la ausencia de la tarjeta me desesperé. Repasaba mentalmente cada uno de mis pasos sin lograr comprender dónde había podido dejar el preciado tesoro. Me lamentaba diciendo que iba a tener que perder todo un día en el banco para solicitar el documento y además, esperar una semana para que llegara a su destino. Todo un drama, al fin y al cabo.

Cuando pude calmarme, llamé a varios lugares donde había estado en horas de la tarde. Ninguno tenía indicios del paradero de un sencillo y cotidiano documento bancario. Sólo me quedaban dos opciones: la oficina y Farmatodo.

Hoy, al despertar, fui temprano a la cadena de farmacias y pregunté si había una tarjeta a mi nombre. El empleado de turno me sonrió, me pidió amablemente mi cédula y me dijo que esperara un momento, que iba a revisar en la oficina de administración. Al regresar, me entregó la cédula, la tarjeta y me confesó que la había encontrado en el piso y quiso guardarla de inmediato. El chico sonrió con todos los músculos de su rostro y -sin pedirme absolutamente nada a cambio- me dijo con tenacidad: ¡Señora, que pase muy buenos días!

Salí feliz, sorprendida y agradecida al darme cuenta de la Venezuela que realmente tenemos.

Gracias a ese joven por recordármelo.

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Del verbo planificar.

Hay muchas cosas que planificamos en la vida: proyectos, vacaciones, hijos, sueños; todas movidas por la pasión y el deseo de cambiar, de romper patrones y salir (conscientes o no) de nuestra zona cómoda.

El 2015 me sorprendió trabajando y planificando el logro de las metas anheladas. No ha sido fácil emprender en un país con una macro devaluación y la coyuntura política/social más grande de nuestros tiempos. Sin embargo, apuesto a la crítica con acción. A los hechos concretos. A la capacidad de adaptación en una tierra que aún posee el gentilicio disfrazado de ira, pesar y frustración.

Así que saqué mi agendita nueva, mi evernote y mi Google Drive y comencé a planificar de forma detallada los quehaceres operativos de mi jornada laboral. ¿Para qué? Pues para tener tiempo de calidad dentro y fuera de la oficina. Para sonreír más, para controlar la ansiedad, para llamar a las aspiraciones por su nombre.

Hice algo más o menos como esto y los resultados han sido satisfactorios. Podemos ser aún más específicos y dividir las jornadas diarias en mañana/tarde/noche, pero como mi tiempo es tan variante sólo me enfoque en la semana laboral, dejando espacio para los fines y la Santa Madre de las desconexiones digitales.

2015

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A veces necesitamos recordatorios tangibles que nos ayuden a enfocarnos. Espero que éste sea de gran ayuda.

¡Que tengan un 2015 productivo y súper organizado!

P.d) La jevísima imagen del planificador fue hecha en Canva (por aquello de early adopter do it yourself, ustedes entienden ).

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Desolado.

En torno a la imagen, un poema de Cadenas: elegante, solitario, ausente.

La vida es un festín de sorpresas. En ocasiones nos hace admirar al mundo con imágenes silentes; incluso permite (re)descubrirnos tras los encuadres que giran alrededor de un momento fugaz. Otras veces -y quizás con un poco más de suerte- se transforma en versos y letricas apiñadas en forma de poemas: propias, soñadas, ajenas.

Traigo esto a colación a propósito de la fotografía que encabeza el post y que tomé hace pocos días con mi celular: una hojita en blanco y negro aislada del universo, o tal vez, ensimismada en él.

Así, como los seres humanos: aislados o conectados.

Así, como el amor: eterno o fugaz.

Rafael Cadenas lo describe mejor que yo:

“Algunas veces de ti no queda nada, una pequeña lámina.

Si llegas, te aproximas, te parece bien, sencillamente será otra cosa, otra cosa, cosa de delirio.
Tendrás magnitud y calor.

Eres el otro lado del botín.
¿Comprendes?”

¿Comprendes?

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2015.

2015:

Trátame con la dulzura

de las flores en primavera.

Sé honesto

afectivo

paciente

y generoso.

Prometo hacer lo mismo desde este lado.

¡Bienvenido!

P.d) Feliz Año Nuevo.
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Navidad 2014.

Ilustración de @Caffetina para mi blog.

Risas

anhelos

llanto

lecciones

versos

nostalgia

historias

canciones.

Una sopa de letras inconclusa.

El deseo de un mejor porvenir.

Así es, a cuenta gotas, el balance de una navidad agitada, malcriada, pretenciosa; pero también receptiva, cálida, complaciente y muy -muy- aleccionadora.

Y es que, justamente, de eso va este mes: agradecer, bailar, ganar, perder. El equilibro de una vida justa. La versión que siempre añoré.

Gracias por leer.

¡Feliz navidad!

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Instantánea.

Hay relaciones efímeras,

fugaces,

eternas,

como una vieja polaroid escondida

en el álbum familiar de los años ochenta.

Así era la noche y el día,

así era la sombra y la luz,

así era ella y sus trajecitos de flores,

así era él y sus rayitos de sol.

Nostalgia instantánea, lo llaman algunos.

Recuerdos, sentencio yo.

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Omnipresente.

Omnipresente

  1. adj. Que está presente en todas partes a la vez; ubicuo: según el cristianismo, Dios está omnipresente.
  2. Que está siempre presente: el recuerdo de su difunto padre está omnipresente en su familia.

Si de hipótesis y cuestionamientos se trata, hay uno que prevalece de forma voraz en mi mente durante los últimos días: acaso, ¿nos convertimos de la noche a la mañana en personajes omnipresentes? Estamos aquí, allá, en ninguna parte y en todos lados gracias a un clic y a una limitada conexión a Internet. Hemos perdido la cultura del tacto, de las risas, del café, acompañada de la calidez que emana un buenos días, ¿cómo amaneció?, pasé y siéntese.

No, no reniego de la tecnología. Sería hipócrita y hasta un poco desconsiderado moderle la mano a quien me da de comer. Sin embargo, noto con preocupación el afán colectivo de ganarle la partida al tiempo real y, como dije anteriormente, estar en todo.

Sin lugar a dudas, la inmediatez hace estragos con la soledad.

Eso, o el modernismo frenético del consumidor digital como karma post  millennials.

Figuraciones mías, al fin y al cabo.

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¡Felicidades CM’s Juniors!

Hoy culmina la tercera cohorte de Social Trending Venezuela (el primer grupo de entrenamiento online para community managers), y desde “la segunda temporada” para acá, hemos sumado herramientas que nos han permitido reflexionar sobre los aciertos y errores de esta travesía digital.

Además, nos hemos enfrentado a una serie de cambios positivos que han repercutido en nuestro día a día: oficina nueva, compromisos nuevos, clientes nuevos y un sinfín de responsabilidades en un país cada vez más golpeado a nivel económico y moral. Sin embargo, hemos mirado hacia adelante, apostando por un futuro mejor y por el más valioso de los tesoros empresariales: el capital humano, que en nuestro caso se desenvuelve a través de la publicidad, el mercadeo y el #TrabajoEnRed (término acuñado por Karelia Espinoza para definir las conexiones personales que se generan dentro y fuera de Internet en pro del desarrollo laboral).

Pero retomando las enseñanzas de esta tercera cohorte, no cabe duda que el ímpetu  fue  una de las piezas claves de los community managers en formación, sumado al enfoque estratégico y empresarial que algunos vendedores de humo olvidan en el camino (junto a su escasa ética y sentido común). Tuve la oportunidad de observar cómo varios participantes vencían enfermedades, horas de sueño y el desconocimiento propio de la “caja negra” digital. No tuvieron temor al aprendizaje (y mucho menos a las equivocaciones) y salieron airosos de las  crisis con las que solemos toparnos en este oficio tan cuesta arriba para algunos y tan popular para otros.

A ellos, a los nuevos CM’s Juniors: ¡Felicidades!

Tienen el conocimiento y las ganas de hacer las cosas bien. Y eso, ya es más que suficiente.

A la orden por acá.

@BelkisAraque

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Crónica de una enfermedad anunciada: chikungunya.

Viví seis días terribles patrocinados por la chikungunya, una epidemia que el Gobierno de mi país (Venezuela) prefiere mantener en silencio, como otras tantas cosas que ha callado a lo largo de estos 15 años. Cada caso cercano es una tragedia. Si el paciente posee complicaciones inherentes a otras enfermedades, el panorama se torna aún más oscuro.

Los que “vamos en góndola” con nuestro sistema inmune no nos salvamos de la fiebre, las erupciones en el cuerpo, los ganglios inflamados, el escozor y el dolor: un terrible y pronunciado dolor que se cuela internamente y no deja que te muevas ni a la esquina, literalmente. No podía levantarme de la cama sin sentir una fuerte aflicción en los pies (aún me cuesta caminar erguida) y mucho menos teclear más de dos líneas (eso también persiste sin tanto drama). Sin embargo, aquí estoy, narrando con mejor semblante un episodio que -poco a poco- va quedando en el pasado y en mi largo historial médico.

De la chikungunya aprendí que, hagas lo que hagas, el mosquito transmisor puede picarte cuando menos los esperes. También comprendí que existen millones de hipótesis sobre esta enfermedad rondando en la mente de los venezolanos (situación que no juzgo con una información cada vez más censurada en los medios de comunicación) y que cada quien saca sus mejores dotes de “curandero” para intentar aliviar el malestar del afectado. “Toma soda, agua de coco, leche condensada, vitamina B (esa sí me funcionó), eleva una oración al Dr. José Gregorio, pega cuatro gritos al cielo, corre en círculo y descansa Belkis, descansa bastante”. La buena fe se agradece.

Pero, ¿cuál es el balance más importante de este episodio? Recordar que en las buenas, en las malas y en las peores, tu familia cercana emerge como la figura del mejor amigo que siempre has querido -o creído- tener. A ellos no les importa si la chikungunya es viral o no (tal como se rumora). Igual te cuidan, te dan de comer como si tuvieses tres años, te ayudan a levantarte cuando no tienes fuerzas y celebran tu pronta recuperación con una sonrisa que ilumina cada centímetro de tu hogar.

A mi familia (y a todos los que estuvieron atentos), muchas gracias.

Los dolores que aún persisten se borrarán como se borran todos los episodios atroces de la vida, y nos dejarán un recordatorio de lo efímero que somos y de lo mucho que podemos disfrutar nuestra estancia en el mundo si nos quejamos menos y hacemos más.

“La salud es lo más importante”.

– Mi mamá.